Tuve que salir del café, abandonar ese silencio mutuo del que no soy parte.
Allí, en la calle, encontré otros ruidos, no de tazas y platos; de camiones, voces lejanas que rebotaban por todas partes.
Todavía seguían sus miradas fijas. Arreglándose.
No estoy en esas formas, habito otra nostalgia y propios dolores.
Detengo a un taxi, dentro y a través del retrovisor otra mirada, ahora a mí me miran y debo fingir que miro hacia alguna parte.
Parte... esa palabra. Tan densa y ligera, tan cartesiana y populacha.
Miro a todos lados, pero sólo me observan, no me sostienen la mirada. No he sostenido miradas.
Le pido que se detenga contra un parque, no sé dónde estoy; pero no estoy perdido.
Busco una mirada que sostenga la mía. Busco una mirada que busque una mirada que la sostenga.
Camino un poco, a través de los árboles pasan miradas que miran a todas partes.
Tuve que salir del café, abandonar esa mirada que delataba mi falta de mirada.
Allí, en la calle, encontré otros ruidos, no de silencios mutuos; de voces que mienten, que dicen mucho y dicen nada.
Todavía seguirán fijos sus ojos. Los míos vagabundean. No estoy en esas formas, habito en otra parte.
Detengo a un taxi, dentro y a través del retrovisor me ve una mujer. Me mira y ya no puedo fingir, encuentro ojos en mi liberta.
El viento mueve mi cabello, lo parte.
Dibujo un ojo, le dibujo un ojo al ojo. Se miran los ojos. Escribo la palabra ojo, la dibujo más bien. Le dibujo otra palabra. Se sostienen la mirada. Yo sé, los estoy viendo. Soy un ojo, nada más.
Miro por la ventana, nadie me observa, ninguna mirada.
La taxista mira hacia el frente, atenta a todos lados.
Le pido que se detenga en un mercado, no sé dónde estoy; creo estar perdido.
Levanto la mirada, me acerco a un árbol, allí dibujo un ojo. Lo miro. Me sostiene la mirada.
Busco una mirada vidrosa que sostenga la mía, acuosa. Busco una mirada que busque una mirada que la sostenga.
Me alejo del árbol, a través de los pasillos pasan miradas acuosas que miran a través de todos los vidrios.
Tuve que salir del café, del parque y del mercado. Encontré otros ruidos. Detuve un taxi.
Al parque miradas, por favor.
¿Dónde queda ese parque?
No sé, pregunte por su radio.
¿Dónde queda el parque miradas?
No existe ese parque.
No existe ese parque.
Entonces lléveme al hotel miradas.
Usted está jugando.
No, señor.
A ver, mírame a los ojos.
Le sostengo la mirada. Me sostiene la mirada. Extraño. El juego y las miradas.
Lléveme a un parque de diversiones.
Para allá vamos.
Así que se miran porque dudan. Se sostienen la duda, no la mirada.
Lo acuoso es la mirada, no la duda.
La duda es pegajosa, como las lagañas.
Se detiene en el parque. Miro los juegos. Nadie duda. Todos juegan.
Una niña llora y se le nubla la duda.
Llego a la taquilla, pido una entrada.
Me sostiene la duda. Le sostengo su duda. Pertenezco a este silencio. Siento que me miran a lo lejos. El boleto de entrada sigue caliente, lo dejaré enfriarse un rato y luego entraré poco a poco. No juego. Dudo. Es todo.
O.
viernes, 13 de noviembre de 2009
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1 comentario:
Con los ojos templados te sostengo la duda.
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