"y nunca mirar los grafitti de frente sino desde la otra acera o en diagonal, fingiendo interés por la vidriera de al lado"
Pudo alcanzar la textura porosa de excesiva blancura con el recuerdo –ignorando siempre el acordarse, el acuerdo, para hablar con exactitud- de las arañas sin sus telas. Como si las pupilas al máximo dilatadas y la oscuridad fuese sólo un ilusorio del metalenguaje; no obstante el abismo: manchado de un color desconocido.
Pudo recordar cómo acercará la suavidad para morder su labio inferior postadvertencia o referencia a pólvora viva y al acecho del suicidio más sublime.
Apenas lograba el concreto de las imágenes asentarse en su más precisa mezcla de tiempo y el caluroso día lo agrietaría, abriéndole incontables párpados y con ellos las húmedas vigilias del retorno al mecanismo descompuesto utilizado para enfocar la pegajosa tridimensionalidad con los bifocales de la unidad.
-No, -le decía ella, vistiéndose con la cobija blanca y el oscuro café de esa noche nebulosa, con fuertes golpes de viento, agregándole el ruido que escuchaba cada uno a distantes frecuencias desde la ventana- no está bien lo que quieres hacer. Me da vergüenza, creo que hasta alcanzo a sentir pudor(que es peor). Y ya por eso estoy hablando y diciendo tonterías. Esas sacudidas, óyeme bien, se dan con calma. Yo me muevo por los monitos. No te conté, la señora que trabaja en casa de Lucio le dijo a su madre que por qué no trabajaba, que se la pasaba haciendo monitos todo el día. Qué belleza de mujer. Cómo quisiera vivir su vida.
Moviendo uno de los dedos del pie, sin que ella pudiera percibirlo, le contestó. Sólo se pueden mover en una dirección: como él, como ella: atrás, adelante.
Acaso se descifraron antes de. Se conocieron como se conoce al tiempo y al espacio. No se los puede suprimir en la imaginación: ¿qué espacio sin espacio o tiempo sin tiempo? A priori. A posteriori sólo la duda y el miedo que es duda y la vergüenza que es duda y el enfado que es duda y la sonrisa que es duda y así todo lo que es duda; pero no todo.
La luz que se transparenta por los sobacos de la ventana y sus telas era insuficiente para ver y caminar entre los libros abiertos, mojados y tirados que se leían frenéticamente al momento que recordaban su movimiento unidireccional de cerdos jesuitas: siempre hacia adelante –no existe el atrás-. Por eso se quedaron allí tirados, sobre lo que la mezcla del sudor y el sexo escribió entre/por/encima/en/etc las sábanas, alcanzándose uno al otro con las patitas y los bracitos de madera, sintiéndose inútiles como nunca e igual de felices: sin sonreír. Es que están por decirse la verdad y la nariz. Nos consterna cómo les inmovilizará la mirada esa nariz para encerrarlos en una nueva vida, la de verdad dramática, la de a de veras orgánica, caótica, seria y sin control.
Su vigilia chorreaba pensamientos de texturas perfectas, de unidad diluida, delirante, posesiva, furiosa, salvaje, excesiva, de cabellos entre dedos y fuertes tensiones sin tonos ajenos a los prescritos por el doctor de la garganta.
Su vigilia se elevaba por el techo hasta que la gravedad la mezclaba con la oscuridad, transformando en nube al hilo de pensamiento y humo que los observa, quemándose a su tiempo, mirándolos. Pista, prueba y evidencia de cómo él se ha multiplicado y ella está todavía por hacerlo.
-Yo nunca hablé de nada. –le dirá ronca y lentamente, como siempre habla cuando se pone serio en serio- Jamás he querido eso. –continuará luego de un lento suspiro, gemido(también roncos), o algo entre esos dos conceptos- No te lo pediría, y lo sabes. –callará un momento y ella no dirá nada, lo mirará esperando porque sabe que dirá algo más- Es que es demasiado. Y sólo así porque sí, por curiosidad, por lo que tú quieras, sin la narrativa precisa que nos encamine a ello: no, no quiero por más que sí quiero. Al final sé que vamos a sucumbir de todas formas, y nos dejaremos las cicatrices bien grandes y ni con el hilo de Ariadna nos alcanzará para cerrarlas con agujas unidireccionales como tú y como yo. Agujas que nos obligan a gritar al penetrar la piel. Agujas que… oye, enciende el tocadiscos, lo desconecté porque no alcanzaba el botón y ya te habías dormido sobre mí y no quería despertarte.
-Ya. Cállate ya.
-No somos imaginarios –le recorría el rostro con dedos y ojos. De los ojos a los labios, de la mejilla a los labios, de la barbilla a los labios, de la nariz a los labios. Esto tan rápido que no era sólo un ver, sino un llamado.
-No somos imaginarios –le recorría el rostro con dedos y ojos. De los ojos a los labios, de la mejilla a los labios, de la barbilla a los labios, de la nariz a los labios. Esto tan rápido que no era sólo un ver, sino un llamado.
Ella no lo quiso atender la expectativa; no coincidía con su deseo como otras veces. Ella duda. Ella no es capaz de abandonarse. En lugar de ello se acercó al cigarro, se lo puso en la boca y alargó el brazo un tanto más allá. Se acercó a los bifocales, se los puso en la cara y todo quedó claro. Claro como la duda. Claro como el agua turbulenta del mar invisible de la noche. Tan transparente como la huída. Evidente y ya. Así, sin más ni más.
-Me quieres meter en un laberinto. –le dijo.
Él no le supo mentir, balbuceaba y al terminar de decir nada y poco de algo supo decirle una cosa, que ya estaba perdida en un lugar más estrecho, así que daba igual perderse en otro laberinto, el tamaño es la única diferencia. La angustia que sentirás, le dijo, será la misma y la querrás más que la de ahora. Mas será proporcional, porque también la odiarás más.
-Me gustaría que dejaras a un lado la cuestión y te mezcles con una sucesión ajena a la ordinaria: a un tiempo que ocurre en otra parte, un lugar al que se accede sin más que la vida misma. No le hagas una autopsia a mi psique, no estoy muerto y lo sabes, lo sientes, acércate, lo sientes. Me temes y rápida pero lentamente te vas escondiendo en secuencias de palabras falsas, que brotan de algo que sientes, por una pequeña autoridad con la que no puedes, con la que nunca has podido. Allí está la distinción, la diferencia: no la hay, ni la habrá. Déjame te leo un poema, te lo escribí mientras dormías en la espalda, gírate:
Advertencia: entra en mí sólo a morir.
soy el seco y caluroso desierto
en que se laberintea hasta el fin.
No hay sombra ni noche; sólo dolor.
Habita un ardor que consume y no quema,
el azul eterno que cansa y duerme,
un bostezo mortal que perpetúa el mareo
delirante que apasiona: ¡que aprisiona!
Deténte, te advierto, y sólo contempla,
que al pasar por la puerta
a morir se empieza.
A morir he venido, me dices.
Pero no a sufrir, te contesto.
Pues advertencia: entro en ti sólo a vivir.
-Sabes que no me gusta tu magia. Te escucho para no herirte.
-Y lo logras.
-No me arrepiento.
-Lo sé. El que manda pierde, ¿no lo sabías?
-Dijiste que acaso…
-Mentí.
-Adoro que me mientas.
-Es lo único que tenemos, -al unísono:- las mentiras.
Aceleraron sus bocas la una contra la otra. Ningún herido. La vida es sueño: por ahora. Porque finalmente se está creando un producto mágico. Y si el hechizo no da resultado, el mago se queda en su guarida buscando otro, y para él no hay noción de ridículo. El ridículo está en otra parte, en las actividades de verdad, en las serias; esto de la magia es sólo un juego y nos metemos al tablero a sabiendas que vamos a perder.
-Voy a jugar, a perder: y no me importa. –eso dijo, y al cabo de un momento de confusión ella hizo como si le enterrase un cuchillo y él fingió su muerte para que ella fuera feliz de nuevo.
Para que el fuego del olvido consuma los espejos de monitos. Pese a que el ardor del olvido no podrá quemar del todo los espejos de monitos, seguirán siendo parte del cuerpo decadente: las vísceras volátiles(en lo que al deseo se refiere) no quedarán muy lejos del lugar del crimen.
-Que no me distraiga la falda y el teléfono, por favor.
-La falda sí.
-La falda sí. No quiero que todo pase después. Quiero que las cosas sucedan ahora. La falda ahora. La falda ya. Desconecta el tocadiscos. Avienta el teléfono por la ventana. Bueno, mejor apágalo. No te quiero perder de vista. ¿Estamos lejos o cerca? Sin luz no hay falda.
-Cállate. –se escuchó el interruptor y sus ojos apuntaron desde la cama las piernas que presumía ya con la falda. Interruptor. Silencio. Oscuridad.- Estamos cerca. ¿No me sientes? Abrázame, no seas malito. Tengo frío. Quiero que seas mi cobija, aunque estés sucio. Yo también estoy sucia. Me da pena; pero es tu culpa.
Sólo recuperan su libertad en celdas. En la negación se dan cuenta que no niegan ni aprueban. Todavía quieren hacer tonterías y decir todo lo que no quieren decir para seguir suspendiéndolo todo y ponerse el uno contra el otro. A los dos les irán a gritar a la tumba, a repetirles lo que ya les han dicho. No, no niegan. Se rinden. Tampoco se rinden. Las máquinas se/que desean.
Del diario de Joaquín:
El oxígeno que ha ido moldeando la piedra con que viajo todavía no conoce lo bajo, es decir, el polvo. La exigencia de ser siempre estatua le doblega la existencia, le dobla el peso, los años. Así, con una vida así, es más fácil que venga alguien y te rompa. Eso le dije, sin decirlo, a Rosaura cuando levanté la mirada y la vi de nuevo, por una rendija que se abrió entre donde estoy agarrando otra copa de vino y la cabina de primera clase del interminable vuelo a París. Hubo que volar a Atlanta, luego a Paris y finalmente a Verona. Allí nos espera un coche. Lo alquilamos un mes. Le molestó eso de alquilar algo. También alquilamos esta pieza. Le molestó eso de alquilar algo. En México todo es gratis, desde la riqueza hasta los balazos. Sólo hay que saber dónde buscar. Mejor que hubiera venido con Helena.
-Cómprame una cajetilla de Benson. –eso fue lo único que me dijo en el aeropuerto.
-Este silencio no puede durar –le dije ya en el avión.
-Ya verás que sí.
-¿A qué se debe?
-Lo sabes de sobra. Disfruta el vino y cállate la boca.
No sabe que la vi. Mientras creía que estaba dormido se acerco a la mesa, apoyó el pulgar sobre mi diario y con violencia y una uña le barajeó las hojas. Qué bueno que están pegadas, pensé.
O.
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