lunes, 30 de noviembre de 2009

II. Una sopa incomestible e incomprensible que cuelga

Bajo una lluvia que no podía mojarnos soltaste el primer golpe y los cristales se rompieron con sus pedazos voladores para quedar encajados sin misericordia por los niños en las partes más dolorosas para la mirada como el cuello y los ojos. No sería posible encontrar corazones palpitando ahora, y las luces rojas llegaron sólo como anuncio inevitable de su oscuridad perpetua. Las paredes metálicas, ya con sus nuevas formas e incapaces de que tus ojos y los míos se sostengan mientras afuera se mueve todo tan rápido como el sonido que va rebotando junto con el viento porque la noche no permite ver más allá de las manchas que encienden el contraste anticuado e instintivo de los perros más rabiosos. Querremos contarles a nuestros padres que Joaquín venía sonriendo en el asiento trasero, cantando las canciones que no conocía y luego de unas horas no podía dejar de sentir en la garganta y fuera de ella. Sobre todo contarle a los padres de Joaquín; pero ya no estamos con él. Quizá él pueda decirles algo a nuestros padres, mentirles sobre todo. Porque la verdad ya la sabes. No queremos verlos llorar. No ha sido nunca nuestra intención. Lo saben; pero no lo podrán evitar. No nací, padre. No nací, madre. ¿A qué juegas? –dirán. Y sus rostros se contraerán automáticamente, ya sin fuerza para sostener una máscara menos falsa, un poco más distante del desierto de Sonora.

El vidrio sintió cómo tu mano le cambiaba la temperatura y recordó cómo los niños solían echarle el aire caliente de sus bocas mientras capas incontables de tela los cubrían para luego dibujar cualquier cosa y dejarla allí en espera que alguien más llegue y sople con pasión y encuentre el mensaje oculto que finalmente no significa nada; pero es un poco como jugar al tesoro escondido sabiendo de antemano que no hay ningún tesoro: ¿qué importancia tiene si al final hicimos un pozo donde pudo haber habido uno? No llegamos a tiempo, esa será la justificación de los nenes. Y será idea de Artemio. Ana, Lucho y María sólo repetirán.

-Ana, no se salgan de la cajuela –me dijo Joaquín, muy serio, a través del asiento y yo supe que aquellos se habían bajado a comprar alguna cosa. Giré y los ojos de Arturo ya se hallaban reflejando el suelo y la alfombra. Escuchó.

-¿Qué hacemos? –preguntó Lucho y María le cubrió la boca con su mano, con su guante, con su mano.

Cuando salimos del invernadero, bajo una lluvia que no podía mojarnos, sentí el frío del vidrio con la mano y me acerqué para soplar aire caliente y dibujar cualquier cosa; pero Roberto me jaló la mano y ya no pude hacer más que seguirlo sonriendo hasta la banca donde me sentó en sus rodillas y sentí cómo entre nosotros había algo más que la simple conversación que se toca por el aire.

-Rosaura es como una línea del tiempo con memoria interminable. No importa lo que hagas, ella lo irá recordando escrupulosamente y hará relaciones increíbles. –le dije a Joaquín.

-No, Beto. La neta te la estás pirando durísimo. Ya mejor nomás agárrale la mano y a ver qué pasa. Ni que te diera miedo.

-Ya te quiero ver, ñéte. Así te voy a joder yo cuando estemos con Babi, y te vas a aguantar, puto.

Alcancé a escuchar que le decía puto a Joaquín. Le alargué la mano con la cerveza que ya quería soltar del frío que me atravesó con todo y su humo invisible. Beto supo, y me agarró las manos, las juntó y con su aliento y su boca las humedeció de calor hasta que ya no quise y se las quité e insertarlas en las bolsas de mi chaleco de canguro era lo único sensato ahora.


O.

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